Entrenadores ‘de club’.
Hay un concepto muy bonito en el baloncesto, y en casi cualquier deporte, que es el de entrenador de club.
Cada uno tiene una visión particular de qué significa el término, pero creo que todos tenemos en la cabeza, cuando lo leemos, algunas características básicas, unas más tangibles, otras más etéreas.
Desde mi perspectiva de entrenador veterano, son aquellos entrenadores que suelen llevan muchos años en un mismo club (a veces llevan el talante y la etiqueta a cada club que van, aunque cambien con frecuencia), normalmente formativo, y que conocen y entienden perfectamente las dinámicas y fuerzas que rigen la entidad a la que pertenecen, que asumen como propias. Y digo pertenecen porque ese es el sentimiento que poseen, el de pertenencia al proyecto, por encima de muchos factores variables, como son las personas, la remuneración obtenida o los equipos que entrenan.
¿Cómo se llega a ser un entrenador de club?
La primera característica de un entrenador de club es que, ya sea por edad o experiencia, se ha desprendido del ego, y este es un aspecto fundamental. Siempre hablará en tercera persona del plural y ya ha entendido que los equipos son del club, de nadie más, y que los jugadores también, no son ni de un equipo, ni de un entrenador.
Son entrenadores que, por encima de todo entrenan jugadores, no equipos.
Es cierto que la edad y la suma de experiencias competitivas, más si son exitosas, ayudan a desprenderse de esa pulsión natural -y no criticable, ya que sirve de gasolina cuando uno está empezando- de querer ganar y entrenar el máximo talento que olemos en nuestro entorno diario.
Tampoco tienen el mismo desempeño, la misma gestión emocional a este respecto, aquellos entrenadores cuya actividad laboral fundamental es la de entrenar, que otros que tienen un trabajo civil y las tardes de pabellón son para ellos puramente una afición, una pasión, un espacio de expresión y generosidad hacia los jugadores. Para los segundos es más fácil desprenderse de la necesidad de ganar, de entrenar equipos top, de estar en ‘el candelero’ para tener máxima visibilidad para asegurarse una continuidad económica futura.
Los entrenadores de club no creen merecer premios por éxitos deportivos pasados, ni se sienten más o menos valorados por el nivel del equipo que les toca manejar cada año. Son ENTRENADORES, por encima de todo, y su pasión es mejorar a cualquier jugador que tengan delante. Si son los de un mini zonal lo harán con el amor y el entusiasmo habituales y con la intención de hacer crecer al equipo y mejorar a cada uno de sus componentes.
El entrenador de club es una persona que entiende que la conversación en junio con su director deportivo no es «¿qué equipo voy a entrenar?» o «quiero llevar este grupo», la vocación de servicio se resume en esta frase: «¿DÓNDE ME NECESITA EL CLUB?«
Estamos acostumbrados a ver como muchos entrenadores veteranos, y a veces no tan veteranos, caen en una de estas tres dinámicas:
- Están asociados a un grupo de jugadores y los acompañan durante toda su etapa formativa.
- Se perpetúan en una categoría muy concreta y siempre entrenan la misma.
- Son los que eligen antes que nadie el equipo que ellos quieren, generalmente el mejor del club (aquí el error es de quien se lo permite).
Estas dinámicas no son buenas en primer lugar para los jugadores, en segundo lugar para el propio entrenador y en tercer lugar, y de manera muy relevante, para esos entrenadores del mismo club que necesitan de espacios de responsabilidad y exigencia para su crecimiento.
Los clubes precisan dar forma, salida, apoyo y confianza a una serie de entrenadores que han estado criando, y es aquí donde los veteranos no deben tener derechos inalienables adquiridos por razones de edad o tiempo de estancia en el club y, con estos derechos, tapar esos espacios, de los que ya han tenido la enorme fortuna de disfrutar, y condenar entonces a esas nuevas vocaciones a ser siempre técnicos ayudantes. Porque entonces aquellos entrenadores jóvenes, que se forman fuera de la pista y ejercen dentro de ella con ilusión y responsabilidad, acabarán marchándose allí donde tengan una oportunidad real de crecimiento.
Seguro que, desde su experiencia y mayor conocimiento, el entrenador veterano encuentra espacios y maneras de ayudar a los jugadores, a los demás entrenadores y, por extensión, al club.
Una buena idea para fomentar esta vía es que los clubes creen sus propios programas de mentorización y pongan a los entrenadores veteranos a liderarlos, dándoles la misión de establecer objetivos metodológicos a los entrenadores jóvenes y vigilar su cumplimiento. En esta dinámica ejercerán de apoyo constante, de guía y referentes de las nuevas generaciones. Que además ejerzan de ayudantes en el día a día de alguien más jóven que ellos es algo enriquecedor para ambas partes, que redunda en beneficio de todos.
Otra buena manera de aprovechar a estos entrenadores es que planifiquen y dirijan sesiones de tecnificación de diferentes categorías, pasando por sus manos la mayor cantidad de jugadores que sea posible.
Como resumen, ningún club va a tener este perfil en el 100% de su grupo de técnicos, quizás tampoco es deseable. Lo ideal es encontrar un equilibrio entre la legítima ambición de unos y el talante giver («dador», «donante», «generoso») de otros. El equilibrio entre el empuje enérgico de querer más y la calma reflexiva del que está dispuesto a ocupar espacios con menos brillo exterior, pero que sostienen y mejoran la estructura por dentro.
Planteado este tema en Twitter (X) me quedo con algunas respuestas que ahondan en esta línea:
Otro grupo de entrenadores prefieren definir esta figura con connotaciones más negativas, apelando a su inmovilismo (la tan cacareada zona de confort que tanto insisten los gurús de la motivación que abandonemos) en aras a una supuesta exploración de lo que no conoce como valor intrínsecamente positivo.
Acepto y valoro la exploración metodológica como herramienta necesaria y que suma, no creo en salir de la zona de confort como mantra, ya que es un espacio que cuesta media vida conquistar y que debe ser ampliado, nunca abandonado. Si tienes un entrenador muy experto en minibasket y es ahí donde está cómodo, es feliz, más ayuda al jugador y, por ende, al club… no le hagas entrenar junior para que salga de su zona de confort, todos saldrán perdiendo. Corres el riesgo de cambiar un excelente entrenador mini por un mediocre entrenador junior. Haz que mejore en aquellos aspectos relacionados con el minibasket que complementen su labor.
Hablo de minibasket por ser metodológicamente diferente a la canasta grande. Creo que es positivo tener entrenadores especialistas en minibasket (baby, premini/benjamín, mini/alevín) en un club, pero no creo que la misma persona deba entrenar siempre al junior A, por ejemplo. Sin embargo tener entrenadores que se muevan entre infantil, cadete y junior, como especialistas en canasta grande es algo que también considero que es muy positivo. Y si tienes entrenadores que están cómodos y están cualificados para sacar rendimiento a cualquier jugador de cualquier categoría, sea canasta grande o pequeña, «miel sobre hojuelas», tienes un tesoro.
Circunscribo esto a entrenadores con una trayectoria extensa, que ya han pasado por todos los espacios formativos y se han ido adaptando a algunos concretos, especializándose. Por contra, el entrenador joven debe ir conociendo y visitando todas las categorías, ya que en cada una la exigencia técnico-táctica y los conceptos a dominar y enseñar son diferentes.
Encontrar los espacios donde un entrenador es útil al baloncesto no es tarea sencilla ni se consigue en dos días.

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