La difícil convivencia con el fallo.

Steph Curry, probablemente el mejor tirador de la historia del baloncesto, tiene un 47% de acierto en tiros de campo, esto es… falla más de la mitad de lo que tira. Si escarbamos en sus estadísticas descubriremos que incluso ha tenido temporadas, recientes, del 40%. De cada 10 veces que tiraba a canasta, fallaba 6.

Sin embargo todos los entrenadores hemos formado y convivido con niños y niñas para los que cada fallo es un puñal en el pecho, un pequeño mordisco a su autoestima, una losa a su confianza que nos resulta dificilísimo quitarles.

Comparto un ejemplo que, seguro, habréis vivido en primera persona más de una vez.

El error y el fallo.

Aunque esto es matizable y cada uno tiene su idea propia, podríamos teorizar que el fallo es una cuestión de ejecución y el error tiene su raíz en la toma de decisiones. Aunque a veces un fallo viene precedido de un error, y en minibasket se diluye bastante la diferencia.

Por esto se dice mucho que debemos ‘castigar’ el error, nunca el fallo. Creo que no debemos castigar ni uno ni otro y sí exigir, en función del nivel y capacidades de cada jugador, mejores ejecuciones y menos errores decisionales.
Si hemos trabajado mucho con la mano no dominante, debemos exigir que la utilicen cuando boten, pasen y finalicen por el lado no dominante y ante el fallo no pasa nada si les decimos ‘hey, tú las metes por la izquierda en los entrenos, ¿verdad? La próxima vez frena un poco en el último apoyo’ o ‘la próxima deja la mano más arriba’.
Trasladamos confianza, a la vez somos exigentes y además les ayudamos a entender el porqué del fallo con nuestra percepción de entrenador sobre que ha ocurrido para que ese tiro, que en los entrenos es de gran porcentaje, no haya entrado.

Cuando vemos jugar a Nadal es asombroso como jamás gesticula tras un error, sea este forzado o no forzado. Sigue concentrado en sus rutinas y en lo que tiene que hacer y ha repetido millones de veces en entrenos y competición. Sabe que si expresa frustración, o llena su cabeza de lamentaciones, está más cerca de perder que de ganar. Esa fuerza psicológica, esa confianza, hay que inculcarla desde niño.

Cada temporada hago con mis grupos una comparativa entre fútbol y baloncesto en estos términos:
En el fútbol hay jugadores que tienen un determinado ‘trabajo’ dentro del campo, unos atacan y otros defienden, aunque a veces pueden hacer ambas cosas, suelen estar bastante definidos. En el baloncesto, en cambio, las cinco que atacamos, tenemos que defender también, lo más rápido posible. Si un delantero centro falla un gol a portería vacía puede inmediatamente después arrodillarse, taparse la cara con las manos, gritar y lamentarse unos segundos porque hay compañeros que van a defender su portería mientras él gestiona su frustración. En baloncesto, en cambio, tras perder un balón por un mal pase o fallar un tiro fácil, no hay tiempo para la lamentación, tenemos que olvidar el error inmediatamente y compensarlo con un esfuerzo defensivo.

Esta es una de las cosas más difíciles de enseñar a los deportistas: convivir con el fallo. Grabar en sus jóvenes mentes que es algo inevitable e inherente a la propia práctica deportiva. En los deportes de equipo y de oposición aún más. Cuanto antes empecemos este trabajo más sanos mentalmente y conscientes crecerán deportivamente.

No le importa a nadie.

Este fin de semana tuve esta charla, real y literal, con una jugadora premini de perfil algo introvertido y que se auto percibe con menos nivel que sus compañeras.

“Esta semana has entrenado mejor que nunca. Ahora saldrás a jugar y vas a fallar pases, te la van a robar en algún cambio de mano y seguro que no meterás algún tiro debajo del aro y ¿sabes qué? No le importa a nadie. No me importa a mi, no le importa a tus compañeras, no le importa a tus padres y no tiene que importarte a ti, porque si tú le das importancia dejarás de pasar, de botar y de tirar, y entonces no vas a seguir mejorando.”

Es evidente que esta dinámica necesita de nuestra gestión consciente, sin malos gestos y con un control absoluto del lenguaje que utilizamos, y de la complicidad de los padres, y esto último es algo que hay que buscar, cuando sea necesario, hablando directa y abiertamente con ellos.

Años atrás teníamos una jugadora alevin que entrenaba a buen nivel, de comprensión y lectura del juego, de ejecución con acierto y de gestión del entorno. Sin embargo en competición se aceleraba mostrando un nerviosismo constante, su toma de decisiones era nefasta y cuando fallaba se tapaba la cara con las manos, resoplaba y su lenguaje corporal era terrible.

Me bastaron unos pocos partidos para darme cuenta de la situación. Cada vez que la niña cometía un error o fallaba un tiro, su padre respondía con el mismo lenguaje corporal que ella. ¡Alarma!

Rápidamente abordé a su padre a la salida de un entreno. La conversación fue más o menos esta:

– Cuándo te llevas a tu hija en el coche tras un partido ¿le vas recordando todas las cosas que no le han salido bien?
– (Duda y piensa su respuesta) Bueno, quizás sí…
– ¿Crees que ella no sabe perfectamente lo que no ha hecho bien?
– Sí, claro…
– Entonces, si ella lo sabe, yo como entrenador la aprieto y exijo desde la banda, ¿no crees que tu papel debería ser otro diferente?
– Quizás sí…
– Vamos a hacer algo. Al terminar los partidos vas a sentarte con ella en el coche y hablarle con entusiasmo de todas las cosas que hizo bien. Ese robo de balón, ese sprint para parar un contraataque, ese doble esfuerzo para rebotear después de un tiro fallado, el momento que apareció para ayudar a su compañera que había matado el bote, su actitud en el banquillo, y a mayores quitarle peso e importancia a todo lo que ella te diga que no le ha salido.

¿Resultado? En pocos partidos la jugadora que destacaba entrenando fue trasladándose a la competición. Dejó de notar la presión de tener que cumplir expectativas paternas y acertar en todo, se centró en cumplir las suyas propias, en trasladar a competición lo que entrenaba y en el feedback que los entrenadores le transmitíamos.

El cerebro de los niños es muy influenciable, la confianza y autoestima siempre están en un equilibrio complicado. Son muy permeables a las opiniones y al lenguaje gestual de los adultos a los que quieren y admiran, sus padres, sus profesores y sus entrenadores. Debemos tener mucho cuidado de qué transmitimos y cómo lo transmitimos.

La percepción del error y el fallo.

Si hablábamos de los porcentajes de Curry al empezar, terminemos con los porcentajes de nuestros equipos para terminar.

Recuerdo una semifinal autonómica premini que ganamos a un equipo muy superior físicamente. La sensación durante el partido y al finalizar fue de ‘partidazo’, de haber hecho las cosas muy bien, de acertar, de dar el máximo nivel que teníamos. Semanas después me dijeron que el partido estaba en YouTube. Nunca veo vídeos de mis partidos mini cuando estos existen. No tengo la necesidad, sé perfectamente qué hacemos bien, qué hacemos regular y qué cosas tienen que mejorar cada una de mis jugadoras. Pero en este caso hice una excepción porque el sabor que me había quedado del partido era tan bueno que me apetecía revivirlo.

Terrible. Llevaba un solo período de visionado y no podía creer que fuese el mismo partido que yo había visto y vivido desde la banda unas semanas antes. Docenas de tiros fallados, balones perdidos y continuos pases al rival. Seguramente el porcentaje de tiros anotados o de pases que llegaban a una compañera no fue superior al 10-15%. Seguí viendo un poco más y lo dejé. El vídeo sigue publicado y nunca he vuelto a el.

Me di cuenta que la percepción del momento es la correcta. En vivo, con tu rol de entrenador de minibasket al 100%, tu cabeza filtra los errores y los fallos y no los sanciona, los asimila y no te permite pararte en ellos. Fluyes con el juego, con los esfuerzos, tratando de ayudarlas en pista y los aciertos te parecen más numerosos que los fallos y los errores. Y, ¿sabéis qué? Creo que esto está muy bien. La de minibasket es la etapa donde no debemos analizar la parte negativa con excesivo peso y entender que esta se hace cada vez más pequeña con el paso de las horas de entreno y las temporadas.

Muchas veces, cuando mis pequeñas fallan una bandeja solas, les digo: “hey, no te preocupes, cuando seas cadete no vas a fallar ni una de esas.”

Por eso en las primeras etapas formativas, como en la vida, la perspectiva es muy importante.

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3 Responses

  1. Excelente, lo compartiré con tu permiso.

  2. Robez dice:

    Muchas gracias, Eduardo.

  3. Cedric dice:

    Enhorabuena por el artículo.
    Enlazo desde mi página para que vayan directos a leerlo directamente en 2sesenta.com
    Gracias Rober

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