Los cinco «siempre» en formación.

Nos han dicho que no existen los siempre ni los nunca, que las verdades absolutas no son de este mundo, que hay un constante depende, sobre todo si eres gallego y que, en la vida, hay infinidad de grises entre los extremos del blanco o negro.

Cuanta más edad tienes menos flexible eres, más verdades crees manejar, más cosas son innegociables, más líneas rojas inamovibles, más dinámicas a las que has llegado tras mucha experiencia, mucho ensayo/error, que se quedan fijas en tu vida.

En mi caso, que ya estoy en esta fase, tengo un montón de certezas de las cuales no estoy dispuesto a deshacerme sin una argumentación en contra muy muy sólida. Sé lo que funciona, porque lo he probado y he visto los resultados, sé lo que no funciona por lo mismo y sé cuando un charlatán me está queriendo vender una burra, en forma de verdad científica o descubrimiento metodológico definitivo.

Porque además hemos desarrollado una intuición clave para entender si lo que puede ser cambiado encaja o no en nuestra rutina y mejora o no a nuestros jugadores. Cuando entrenas en formación, da igual que sea baloncesto social o de rendimiento, hay una serie de siempres que sí funcionan y que sí debemos contemplar continuamente.

SIEMPRE HAY ALGO QUE CORREGIR.

La maestría del entrenador y yo diría que el talento superior del formador, es la corrección. Qué corregir, cuándo corregirlo y cómo realizar esa corrección. Puedes tener listados enormes de ejercicios, tareas planificadas perfectamente, entrenamientos dinámicos, entretenidos y bien dirigidos, pero la clave de la enseñanza es el detalle. Tener la mirada, la capacidad analítica para observarlo todo y hacer un mapa mental de lo que está ocurriendo en la pista de entrenamiento, ya sean aspectos puramente técnicos, decisionales o colectivos y entender cuando toca corregir algo o dejarlo pasar, cuándo parar la sesión, cuando apartar al jugador a un lado, cuando utilizar un tono relajado o uno más vehemente. Estas son habilidades que llegan con el expertise del formador.

Para corregir mejor hay que tener muy claro y conocer muy bien el gesto técnico, el juego o el sistema (defensivo u ofensivo) que estamos tratando de implantar. Además hay que conocer a los jugadores que manejamos, ya que cada personalidad demanda un tipo de corrección diferente, hay jugadores que sufren si se les corrige públicamente, aunque se haga de manera constructiva, para que su ejemplo llegue a todos, y otros a los que no les afecta que visibilicen sus errores. 

Corregir no es señalar lo que está mal: es dar información para aprender. En el aprendizaje motor, el error no es un fracaso, sino el dato que el cerebro necesita para ajustar el gesto la próxima vez. El problema aparece cuando el niño interpreta la corrección como un juicio sobre su valía y no sobre su acción. Por eso la forma importa tanto como el contenido: una corrección concreta «coloca el codo bajo el balón» enseña; una corrección difusa «eso está mal» solo genera ansiedad. En el baloncesto formativo, además, conviene priorizar: no se corrige todo a la vez. El cerebro de un jugador de 8 o 10 años solo puede atender a una o dos consignas a la vez. Corregir siempre, sí, pero de una en una y desde la confianza de que ese error es parte natural de quien está aprendiendo.


SIEMPRE HAY ALGO QUE RETOMAR.

El aprendizaje no es una línea recta que sube: es una espiral. Lo que parecía dominado en octubre se difumina en enero, y un fundamento que creíamos cerrado reaparece sin pulir en competición. Esto no es un retroceso, es cómo funciona la memoria motriz: necesita reactivarse para consolidarse. Por eso una planificación deportiva bien diseñada no abandona los fundamentos cuando introduce conceptos nuevos; los retoma, los repasa, los integra en contextos distintos. En baloncesto base, volver al bote, al pie de pivote o a la mecánica de tiro no es perder el tiempo ni «ir hacia atrás»: es dar a esos aprendizajes las repeticiones que todavía les faltaban. Retomar es reconocer que enseñar bien es, sobre todo, insistir con paciencia.


SIEMPRE HAY ALGO QUE MEJORAR.

Este es el pilar fundamental de nuestra labor. La mejora individual y, a través de ella, la mejora colectiva. El jugador ES FELIZ EN LA MEJORA. Si hoy le salen las cosas mejor que ayer, mañana volverá con más fuerza y ganas renovadas.Cuando tu trabajo es entrenar en formación, el margen de mejora de cada niño y niña es mucho mayor del que ya se ha mejorado. Una clave: para mejorar a los jugadores nuestra mejora como entrenadores debe ir en paralelo. 

La clave psicológica aquí es hacia dónde mira el jugador cuando piensa en mejorar. Si se compara constantemente con los demás (orientación al ego), su motivación depende de ganar a otro; si se compara con su propia versión anterior (orientación a la tarea), siempre tiene margen y siempre tiene control. La segunda actitud es la que protege a los niños del abandono deportivo y la que sostiene el esfuerzo a largo plazo. Mejorar, entendido así, no es alcanzar un techo, sino instalar la idea de que cada entrenamiento deja al jugador un poco más completo que ayer. En el baloncesto formativo esto se traduce en objetivos pequeños, alcanzables y medibles, donde el progreso se nota y, al notarse, motiva.


SIEMPRE HAY ALGO QUE CAMBIAR.

Cambiar exige estirar la zona de confort, y eso cuesta tanto al entrenador como al jugador. Pero la formación deportiva vive precisamente de la adaptabilidad: cambiar de mano, de ritmo, de posición, de rol; probar al base como alero, al alto cerca del aro y lejos de él. La variabilidad en la práctica, aunque al principio genere más errores, produce aprendizajes más sólidos y transferibles que la repetición siempre idéntica.

Y hay un segundo plano de este punto que mira al entrenador: si algo no funciona, el primero que debe cambiar es el método, no exigir que cambie solo el niño. Cambiar es señal de un proceso vivo, no de un proceso fallido. Lo que nunca cambia, en el deporte de formación, suele ser lo que se ha quedado estancado.


SIEMPRE HAY ALGO QUE APLAUDIR.

Sin reconocimiento, la corrección agota, el repaso aburre y el cambio asusta. La investigación sobre clima motivacional es bastante clara: los entornos donde se reconoce el esfuerzo, la mejora y la actitud —y no solo el resultado o el talento— producen deportistas más motivados, más resistentes y que abandonan menos. Aplaudir no es repartir elogios vacíos; es hacer visible lo que el jugador hizo bien para que sepa qué repetir. Una buena ayuda defensiva, un pase generoso, un intento valiente aunque fallido: todo eso merece reconocimiento, porque premia el proceso y no solo el acierto. En edades tempranas, donde se está construyendo la relación del niño con el deporte y consigo mismo, encontrar siempre algo que aplaudir no es ser blando: es ser eficaz.

Los entrenadores tenemos la obligación de que cada jugador se vaya a casa después de un entreno con un «bien». Tenemos mínimo 60 minutos para 10, 12 o 15 jugadores, no hay disculpa para no dar un refuerzo positivo por sesión a cada uno.

Añado además que debemos convencer a los padres que en la vuelta a casa en el coche familiar o durante la cena posterior al partido… deben visibilizar y reforzar esos esfuerzos, esas pequeñas conquistas que a veces parecen invisibles porque no son meter la pelota por el aro. Esto crea un ambiente sano donde el niño carece de presiones externas que coarten su evolución.


Estos cinco verbos no dicen «nunca está bien», dicen «nunca está terminado». Esa es la mentalidad que queremos en un jugador en formación.

Siempre hay algo que corregir. El error no es un fallo, es la información que el cerebro necesita para ajustar. Corrige de una en una, sobre la acción y nunca sobre la persona.

Siempre hay algo que retomar. El aprendizaje es una espiral, no una línea recta. Volver al bote, al pie de pivote o al tiro no es ir hacia atrás: es darles las repeticiones que aún faltaban.

Siempre hay algo que mejorar. Que el jugador se mida con su versión de ayer, no con el de al lado. Así siempre tiene margen y siempre tiene el control.

Siempre hay algo que cambiar. Cambiar de mano, de ritmo, de rol. Y si algo no funciona, el primero que cambia es el método, no el niño.

Siempre hay algo que aplaudir. Es lo que sostiene a los otros cuatro. Reconocer el esfuerzo y la mejora —no solo el resultado— crea jugadores más motivados que abandonan menos.

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2 Responses

  1. Ueli dice:

    Cómo echaba de menos tus artículos, pero desde luego la espera ha valido la pena.

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